Querido Santa:
Te escribo esta carta desde mi oficina a las 11 de la noche, otra vez. Estoy al límite del estrés y del agotamiento. Se supone que tengo un equipo, se supone que he delegado tareas, pero la realidad es que sigo siendo el único que toma todas las decisiones importantes.
Si hay un problema con un cliente, me llaman a mí. Si hay que aprobar una campaña de marketing, me buscan a mí. Si un vendedor tiene una objeción difícil, la última palabra siempre tiene que ser la mía. Siento que mi gente está esperando a que yo dé el visto bueno para todo.
Santa, soy el cuello de botella de mi propio negocio.
El problema no es que no quieran trabajar, es que no saben cómo seguir sin mi aprobación. Esto genera un retraso terrible en las tareas y, lo que es peor, me está matando. No tengo tiempo para pensar en el crecimiento, en la estrategia a largo plazo o en mi vida personal, porque estoy apagando fuegos todo el día.
He intentado decirles: «¡Tomen decisiones!», pero luego terminan cometiendo errores que me cuestan dinero. Así que volvemos al mismo punto: yo hago todo, y el negocio no puede crecer más allá de mi propia capacidad de trabajo.
Necesito ayuda urgente. ¿Cómo puedo crear un sistema de trabajo en el que mi gente sea autónoma y yo solo tenga que supervisar periódicamente? ¿Cómo logro que confíen en su propio criterio para que yo pueda, por fin, dedicarme a dirigir la empresa y no a operarla?
Te ruego que me digas cómo salir de esta trampa que yo mismo creé.
Con un agotamiento total…
Alberto, el empresario que necesita delegar para sobrevivir.
Ver respuesta: Carta de Santa a un empresario que no conoce la Autonomía de Equipos